Ella hizo lo que, en cualquier ciudad común, están acostumbrados a hacer. Salió de su casa para dirigirse a la parada del colectivo. No la esperaba un auto rodeado por custodios. No. Simplemente tenía que hacer trámites, y fue hasta la parada del ómnibus. Pero claro, Teófila del Valle Ríos, no debe haber sabido que eso ya no se puede hacer sin atenerse a las consecuencias. Ironías de lado, es bueno saber que hoy la calle ya no es de las personas que con esfuerzo y dedicación intentan sobrevivir en esta jungla de cemento. Y es que seguramente doña Teófila nunca leyó las "recomendaciones" de la Policía. Con voz gruesa, los uniformados advierten que hay que "evitar las paradas de colectivos donde hay poca iluminación y preferentemente no quedarse en paradas solitarias". Y luego remarcan "si en la parada no hay nadie, camine hasta la próxima". Pobre la señora Teófila. No le habían dicho que las calles ya no son de ella. Se aventuró y uno de los verdaderos propietarios la acorraló, intentó quitarle la cartera y como ella se resistió, la apuñaló. Los que dan consejos no estaban cerca para prevenir que la atacaran. Por suerte, lo suyo fue sólo un susto. Un gran susto, pero ya se está recuperando.
Lo que indigna es que no se aprenda. ¿Qué experiencia les dejó a los funcionarios lo sucedido hace poco menos de un año cuando, a seis cuadras del lugar en el que atacaron a doña Teófila, mataron a Elda Hovannes? ¿Acaso no se había anunciado un megaoperativo de prevención en toda la zona? ¿Es que no se habían diagramado patrullajes constantes? Por cierto, ¿no se les había prometido a los vecinos que estarían presentes cada vez que lo soliciten? Nada. No cumplieron nada de lo que habían dicho. "Acá nos asaltan todos los días", se quejó el miércoles una mujer cuando la entrevistó LA GACETA. Lo de Teófila no es un hecho aislado. No es sensación de inseguridad. Quienes viven en esa zona de la capital, al Oeste, tienen miedo de salir a la calle. Y lo mismo pasa en el resto de la provincia, aunque residan a una cuadra de la Jefatura de Policía. Pero hoy los dirigentes políticos están inmersos en discusiones tan importantes como otra posible reelección del gobernador José Alperovich. Y está claro que la seguridad no es prioridad para este gobierno, como tampoco lo fue para otros anteriores. ¿Cómo se explica, si no, que en vez de remodelar nueve comisarías, algunas de ellas del interior, se haya decidido sin demasiado trámite que los materiales que estaban destinados a esos trabajos terminen en la refacción del ex Hotel Corona, donde funciona el Centro de Monitoreo de la Policía? El mismo Centro de Vigilancia que aún no tiene ojos en la zona en la que vive la mujer a la que apuñalaron. Pero al que también se le escapan la mayoría de los asaltos o arrebatos que se perpetran dentro de las cuatro avenidas. Mientras tanto, como sucedió el mismo miércoles, los presos aprovechan que las comisarías se caen a pedazos y escapan. Fueron cuatro hombres, detenidos por robos agravados, los que se burlaron en la cara de los policías y lo único que tuvieron que hacer para recuperar la libertad fue... levantar una chapa. Eso también es inseguridad.
¿Qué les respondieron hace 10 días a los vecinos de Santa Lucía, cuando hicieron una pueblada hartos de que les saquearan sus hogares y, para peor, después se los quemaran? Que no había más personal para protegerlos. En ese pueblo ubicado justo donde comienza la subida a Tafí del Valle viven 15.000 personas. Y hay dos policías. Si, leyó bien. Dos.
Mientras tanto, es una odisea ir a tomar el colectivo. Pero no queda otra que salir. Pasamos la mitad de nuestro día en nuestro hogar, y el resto en la calle. El problema es que, al ausentarnos, estamos rogando que, al volver, encontremos todo lo que nos pertenece.